jueves, mayo 31, 2007

Flores rotas



Sea por la lentitud de su ritmo, por la ausencia de espectacularidad en el relato o por las características del personaje que interpreta Bill Murray, un hombre que fue pródigo en amantes pero que se ha instalado ahora en una actitud aletargada e indiferente ante la vida, «Flores Rotas» es una película que no ha entusiasmado a muchos y a aburrido a tantos otros. A mi en cambio me pareció no sólo divertida sino, además, muy sugerente y quiero explicar por qué.

Para quienes no la vieron, Don Johnston (Murray) es abandonado por su pareja, harta de su pasividad, coincidentemente el día en que recibe bajo la puerta de su casa una carta anónima en la que una misteriosa mujer le informa que tuvo un hijo con ella y que a la fecha tiene ya 19 años. La noticia lo sorprende y lo desconcierta, situación que aprovecha Winston (Jeffrey Wright), su amigo y vecino, para motivarlo a investigar cuál de sus antiguas amantes pudo ser autora de esa nota y, por lo tanto, madre de su supuesto hijo. Johnston, presionado por Winston, decide emprende un largo viaje para averiguarlo, visitando a las cuatro mujeres que reunían la mayor probabilidad (nada menos que Frances Conroy, Jessica Lange, Sharon Stone y Tilda Swinton). Toda la película da cuenta de ese periplo.

La primera escena es importante. Johnston, sumergido constantemente en sus pensamientos y de mirada permanentemente extraviada, está instalado en el sofá de su sala, mirando la TV sin mirarla, dejando transcurrir el tiempo y escuchando después el último alegato de su mujer, un minuto antes de dejarlo, con una impasividad exasperante. La sensación que deja es la de una vida solitaria y vacía, completamente indiferente a cualquier suceso o circunstancia.

Pero aquel aventurado viaje, emprendido a pesar de la feroz lucha interna entre su desgano y su curiosidad, va a cambiarle la vida a Johnston. El reencuentro con sus ex amantes tiene escenas memorables. Desde el cálido recibimiento de la frívola viuda, antecedido por el de su hija Lolita, una inquietante y desprejuiciada adolescente, hasta la violencia de aquella resentida mujer que se cobró a palos el que un día se fuera para siempre de su vida. Pasando, por supuesto, por la gélida y acartonada arquitecta, rodeada de orden, pulcritud y perfección por donde se posara la vista; y por una estrafalaria psicóloga de mascotas, esa que podia hablar con los gatos, celosamente protegida por su desconfiadísima secretaria.

La parquedad de Murray en sus entrevistas sucesivas es irritante. Inhibido de confesar los verdaderos propósitos de su visita y sin ganas aparentes de darle a cada diálogo algún curso interesante, más allá de las forzadísimas cortesías, se esfuerza en algo por hacer aflorar, tímidamente, alguna pista que le lleve a deducir si acaso está hablando con la autora de la anónima misiva y, en consecuencia, con la madre de su hipotético hijo. No obstante, si ese fue el propósito de su viaje, Johnston fracasa.

Pero el propósito de Winston, el amigo que lo animó a salir de su autoexilio, quizás fue otro. Las últimas escenas parecen sugerirle a Johnston que fue su propio vecino quien le dejó esa carta bajo la puerta. No hay certezas, sin embargo. Ahora su cabeza está llena de dudas y preguntas, sobre su pasado, sobre sus viejos afectos, sobre las consecuencias de cada cosa que se permitió vivir, sobre sí mismo. No encontró a su hijo y ahora no sabe si realmente existe. Pero tampoco podría afirmar que no. El súbito apego hacia ese jovencito extraviado en las inmediaciones de su casa, en quien cree ver a su posible hijo, no hace sino exacerbar sus deseos, es decir, hace aflorar su capacidad de desear, de querer, de anhelar, algo que había dejado de sentir, aparentemente, hacía mucho tiempo.

Johnston termina casi del mismo modo como empieza: solo. Pero esta vez no mira la TV ni las paredes de su casa. Ahora mira dentro de sí mismo y mira a su alrededor, en busca de respuestas a preguntas que se había dejado hacer ya en algún punto del camino. Aquella tenue melancolía que podía insinuar su actitud inicial, ahora se ha transformado en ansiedad. Si acaso ese fue el propósito de Winston, haya sido o no quien le escribió la carta, el viaje de Johnston al reencuentro con su pasado, fue extremadamente productivo.

1 comentario:

Diana dijo...

Hola Luis,

Me motivé a leer tu blog con el ánimo de saber por qué alguien onsidera "Flores rotas" como una buena película. Te felicito, eres genereso con tus reflexiones acerca de la película. Creo que esa es la parte que se rescata. Aún así sigo pensando que la excusa de la carta del hijo se prestó para hacer una nueva película "cliché" norteamericana. Sea cual sea la historia, el escenario siempre es el mismo: las carreteras de Estados Unidos. Prueba de ello, son películas como "Pequeña Miss Sunshine".